Por: Jesús Cantillo del Castillo
Parecía un día común del
mes de junio, cargado de calor inminente y agitados estudiantes
culminando el semestre universitario. Sin embargo algo, o más bien alguien,
estaba a punto de darle un giro de 360 grados a lo que parecía un día como
cualquier otro.
Cansado
de mi jornada vespertina, procedí a comprar un jugo de corozo, como cualquier
costeño apegado a mis raíces, para darle calma
a mi angustiosa sed. Caminando en la acera del frente, con mi cauteloso
pero agitado paso, alguien se me acerca
con una bolsa de dulces que usualmente usan las personas que se
dedican al comercio de este tipo a las afueras de mi alma mater. Levanté la
cabeza rápidamente con la intención de no comprar objeto alguno, sin embargo al
hacerlo me encontré con una imagen que no creo poder olvidar. La sorpresa y la
confusión se apoderaron de mí, a lo que me detuve y, obsesionado por la intriga,
procedí a meterle conversación a aquel
sujeto que se robó mi atención con solo mirarlo rápidamente a los ojos.




































